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Opinión | Colombia en la encrucijada: el fracaso del experimento de izquierda y el giro hacia la sensatez

Jun 2, 2026

Por Cristhian Rodriguez Schneider.

El pasado 31 de mayo de 2026, Colombia vivió una jornada electoral histórica. Ninguno de los candidatos alcanzó el 50% necesario para ganar en primera vuelta, pero los resultados fueron claros: el abogado y outsider de derecha Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria) lideró con el 43,74% de los votos (más de 10,3 millones), seguido por el senador de izquierda Iván Cepeda (Pacto Histórico), aliado de Gustavo Petro, con el 40,90%. La candidata centroderecha Paloma Valencia quedó relegada a un distante tercer lugar con menos del 7%. El 21 de junio se definirá el futuro en segunda vuelta.

En juego está mucho más que un cargo: el modelo de país. Colombia decide si continúa por la senda del socialismo del siglo XXI —con sus promesas de equidad que terminan en estancamiento— o vira hacia políticas pragmáticas de seguridad, crecimiento y orden institucional.

El legado de Petro: cifras que no mienten

Después de cuatro años de gobierno de Gustavo Petro, los balances son mixtos, pero inclinados hacia lo negativo en los indicadores clave que más afectan la vida diaria de los colombianos.

Economía: Hubo avances sociales puntuales, como la reducción de la pobreza monetaria al 31,8% en 2024 (la más baja desde 2012) y una baja en el desempleo, que cerró alrededor del 9-10% en los últimos años. Sin embargo, el crecimiento económico fue mediocre: promedios cercanos al 2-2,9% anual post-pandemia, por debajo del histórico de Colombia. La deuda pública se disparó hasta cerca del 58,5% del PIB, con un aumento de unos 400 billones de pesos durante el periodo. La inversión privada se resintió por la incertidumbre regulatoria, especialmente en hidrocarburos, y la salida anunciada de tratados de protección de inversiones generó señales preocupantes para el capital extranjero.

Seguridad: Aquí el balance es más grave. A pesar de la retórica de “Paz Total”, los homicidios acumulados superaron los 40.663 en los primeros tres años del gobierno (promedio anual de 13.554), superando los periodos de Santos y Duque. Los grupos armados ilegales (Clan del Golfo, ELN, disidencias FARC) se fortalecieron y expandieron su control territorial. La violencia contra civiles no disminuyó estructuralmente; en algunas regiones aumentó la exposición a enfrentamientos. El enfoque de “raíces sociales” sin mano dura efectiva dejó un vacío que los criminales aprovecharon.

Reputación internacional: Colombia perdió terreno. Tensiones con Estados Unidos (incluyendo descertificación en lucha antidrogas y sanciones), menor atractivo para inversión extranjera directa en sectores clave y una percepción de inestabilidad. El país, tradicional aliado confiable, vio cómo su imagen se erosionaba ante socios globales.

En resumen: algunos logros sociales financiados con más deuda y menor dinamismo económico, pero a costa de seguridad deteriorada y confianza institucional afectada.

El vuelco a la derecha en América Latina: lección continental

Colombia no es un caso aislado. Desde 2024-2025, América Latina ha vivido un claro giro hacia la derecha o centro-derecha en países como Argentina (Milei), Chile, Ecuador, Bolivia, Costa Rica, Honduras y otros. Los votantes, cansados de inflación, inseguridad, corrupción y estancamiento, han rechazado experimentos izquierdistas que prometen paraíso terrenal pero entregan crisis.

El socialismo latinoamericano, en sus diversas versiones (chavismo, petrismo, etc.), nada bueno ha traído a la vida de la gente a largo plazo. Promesas de redistribución masiva, estatismo y “paz negociada” sin fuerza terminan en fuga de capitales, emigración masiva, inflación y fortalecimiento del crimen organizado. Venezuela es el ejemplo extremo; Argentina pre-Milei y Bolivia reciente también ilustran el patrón. La izquierda llega con discurso emocional y termina con resultados materiales pobres.

¿Qué es mejor para Colombia?

Colombia necesita un giro pragmático, no ideológico. Un gobierno que priorice:

  • Seguridad real: Mega-prisiones, apoyo decidido a las fuerzas armadas y policía, y desmantelamiento de estructuras criminales. Sin orden, no hay inversión ni progreso social sostenible.
  • Crecimiento con responsabilidad fiscal: Reducir gasto innecesario, atraer inversión privada (incluyendo energía responsable), y generar empleo formal en lugar de subsidios clientelistas.
  • Instituciones fuertes: Respeto a la independencia de poderes, reglas claras para inversionistas y rechazo a aventuras que aíslen al país internacionalmente.
  • Equidad inteligente: Combatir pobreza sí, pero a través de educación de calidad, formalización laboral y oportunidades, no solo transferencias que hipotecan el futuro.

Los colombianos han demostrado madurez al darle un fuerte respaldo inicial a una opción de derecha dura como De la Espriella. El centro-derecha tradicional perdió espacio porque no conectó con la urgencia ciudadana por seguridad y cambio.

El 21 de junio no es solo una elección entre dos candidatos. Es una decisión sobre si Colombia aprende de los errores regionales o repite el ciclo de promesas vacías. La historia reciente de América Latina es contundente: donde la izquierda radical gobernó sin contrapesos, la realidad terminó imponiendo cuentas duras. Donde prevaleció el pragmatismo de orden y libertad económica, los países avanzaron.

Colombia tiene todo para ser potencia: recursos, gente emprendedora, ubicación estratégica. Solo falta un liderazgo que deje las utopías y abrace la realidad que funciona. El futuro se decide ahora.

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